A bocados

¿Quién no ha saboreado el placer de una porción de algo? De membrillo, de chocolate en forma de bombón, de naranja convertida en gajos, de queso... Cada uno de esos momentos ha sido una porción de vida, centrado en el paladar, la textura y el deseo de que no termine... Porque así se nos presenta la vida, en porciones, formando un gran queso donde podemos encontrar desde gusanos hasta agujeros, pero también ternura y sabor; y donde hay que tener mucho cuajo para no darle un mordisco y comérselo a bocados.

viernes, 10 de febrero de 2012

Ducha fría

“No hay quien aguante este frío. No sé si los dedos de los pies me duelen o he dejado de sentirlos. Curiosa sensación. Y paradójica a la vez. Me pregunto dónde nos llevan. Ha quedado bastante claro que es mejor no preguntar, y eso que no nos lo han dicho directamente. Bueno, hay que reconocer que partirle la cara a esa mujer con la culata ha sido toda una afirmación. Aquí están todos enfadados. Mucho. Pero no entre ellos, no; con nosotros. No les gustamos y nos traen aquí a quién sabe qué. No sé por qué tenemos que ducharnos todos juntos. Ya no hay dignidad. No, no es eso. Espera, algo no cuadra. Nos han dejado solos. Qué extraño. No entiendo nada. Apenas puedo respirar. Aguanta. Mis rodillas se clavan en el suelo de golpe, debería haberme dolido más. He de concentrarme en respirar. Quiero gritar, solo atino a retorcerme. Nadie puede ayudarme. Me apago”. […]

Un pensamiento perdido en el invierno polaco de 1944. Podría ser el de cualquiera de millones.

sábado, 28 de enero de 2012

My Everything

Oigo esa voz que me llama, me cautiva y arrastra mis pensamientos. Susurra pero penetra, porque vibra y me torna trémula. Grave, casi de ultratumba, por lo profunda, me envuelve, acaricia. Nobody but you, me dice. El vello de punta y cierro los ojos. Y tú, Barry, nobody but you puede tener esa voz. Se posa en mi piel antes de entrar en mis oídos, la siento en mi torso, estimula mis manos –ellas actúan por su cuenta–. Just you and me, dice ahora. Quiero mantener esa voz sin rostro, una voz que asigno al cuerpo masculino que se me antoje. A unos ojos caprichosos, hechos de miel, a unos labios de espíritu expedicionario que me encuentren aun cuando no los haya buscado, a unas manos, también autónomas, que esculpan mi silueta desnuda.

Nada más sexy que una voz cálida, tan grave que haga vibrar al mismísimo cuello del que sale, que tenga cuerpo, incluso espesor, de tal manera que la notes en tu propia piel y te haga sentir generosa de besos y sexo.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Carrera de obstáculos con cesta navideña

Mucha gente dice que no le gusta la Navidad. Gastos extras, compras, comilonas, compromisos, reencuentros familiares, cenas… Pero ninguno dice no a la paga extraordinaria, las fiestas y la cesta de Navidad. Por esas fechas, en el ir y venir vespertino entre compras y el trabajo, se ve a más de uno portando, no sin esfuerzo, una caja de cartón decorada de forma característica. Piensas: “¡Qué suerte!”, pero su cara, que le llega hasta el suelo, transmite cierto desencanto, porque va pensando lo fastidioso que resulta cargar con la dichosa cesta en el metro –que está abarrotado– y encima, viene deslomado de trabajar.

Llega a su estación de destino, desciende del vagón no sin realizar ciertos ejercicios de malabares para lograr salir a tiempo, sin caerse y sin partirle la espinilla a otro viajero. Por no entretenerse a discutir, más que nada. Con la celeridad y a la vez contención de un corredor de marcha, consigue una buena posición en la escalera mecánica, en el lado derecho para dejar a los afortunados que no llevan peso subir ágil y rápidamente a pie. Tras realizar de nuevo un espectáculo casi de funambulismo para pasar por los tornos de salida sin que se le caiga la bufanda, el abrigo y la dichosa cesta, logra llegar a la superficie, pero aunque está sudando, tiene que parar para ponerse el abrigo y la bufanda, pues el tiempo no acompaña. Unos cuantos obstáculos más entre viandantes, motos y cochecitos de niños, y por fin, llega a casa. Como quien alcanza la meta de un concurso televisivo lleno de hitos intermedios, muestra a la familia el trofeo: la preciada –ahora sí– cesta de Navidad. Simulando el bolso de Mary Poppins, nuestro viajero va sacando uno a uno, cada elemento sorpresa de la caja: una lata de espárragos de Navarra, un frasco de bonito de Ondarroa, un surtido de polvorones, mazapanes de Sonseca, turrón de Alicante, embutidos ibéricos, queso, vinos y licores. Cada uno de los productos que saca es recibido casi con ovación por su familia. Y es que, al final, una cesta de Navidad es un obsequio bien avenido siempre. Olvidado queda el paseo con ella hasta casa. Porque nos ahorra muchas compras, por el factor sorpresa y por el detalle.

lunes, 28 de noviembre de 2011

La penitenciaría de ideas

La penitenciaría de ideas es un lugar donde te pagan por pensar pero no en lo que quieres. Un lugar en el que te exigen pensar pero no como quieres.

Yo paso muchas horas en la penitenciaría de ideas. Exactamente, diez. Cada día. Quiera o no. Y mira que soy de las afortunadas, que las cosas que tengo que pensar me gustan, pero me gustaría pensar en otras cosas.

En la penitenciaría de ideas hay más gente. Algunos ni siquiera saben que son reclusos. Autómatas de la rutina. Disidentes del ingenio. Renunciaron a la imaginación hace mucho, cuando se acostumbraron al puesto.

No me gusta tener la necesidad de acudir cada día a la penitenciaría de ideas. Me dejan ser creativa, es hasta divertido; pero quisiera emplearme en otros menesteres.

Quisiera hacer la fotosíntesis, pasear mis ojos por otras letras, dar forma a otros escritos. Pero no es la filosofía de la penitenciaría de ideas. Allí las jornadas son elásticas hasta la eternidad.

Tengo una amiga en la penitenciaría de ideas. Ella sí sabe que es una reclusa. Me gustaría tejerle unas alas que la llevaran a la factoría de ideas, pero no sé nada de costura. Tiene un equipo de duendes con ella. Juntos fabrican escenarios imposibles, personajes envidiables; armonía de imágenes. Conoce mundos que no existen y te los enseña.

Yo creo que en la penitenciaría de ideas no saben lo que tienen retenido, y lo pierden entre los barrotes. Cuando salgan a buscarlo quizá sea demasiado tarde.

martes, 22 de noviembre de 2011

De camino a la penitenciaría de ideas

Es curioso que en un país con una tasa de paro del 22%, un país donde el combustible está por las nubes, un país cuya capital es relativamente pequeña; se monten los atascos que se montan para ir a trabajar.

Y es que, acostumbrados a los años de bonanza, hay gente que no renuncia al coche ni para ir a por el pan. Aunque hasta donde yo sé, es una minoría.

En Madrid las empresas están concentradas en dos zonas, si me apuras, por lo que vivas donde vivas, lo más probable es que tengas que atravesar la ciudad para ir a trabajar. El centro, que le viene bien a todo el mundo, está saturado y el alquiler de las oficinas que quedan libres es caro (con los tiempos que corren las empresas reducen costes de todo tipo). Así que se van a las afueras, pero solo a las del norte de la ciudad (final de Arturo Soria, Manoteras, Fuencarral, Las Tablas, laterales de la A2, etc.). El grueso de la población en Madrid se concentra del centro hacia el sur, por lo que necesariamente para ir a trabajar, atraviesas la ciudad. Eso provoca un gran movimiento de gente de la misma zona hacia la misma zona a la misma hora; y claro, lleva su tiempo.

Afortunadamente gozamos de una buena red de transporte público, pero no da abasto e incluso hay zonas a las que no llega o lo hace de manera escasa (como algunas de las que he mencionado). Las carreteras de circunvalación, M-30 y M-40, aprueban, pero tampoco dan abasto. No hablemos si caen cuatro gotas... Otro día hablaré de esto.

Es decir, por norma general un madrileño está acostumbrado a que, sea en coche propio o en transporte público, tarde unos 45 minutos o una hora para ir al trabajo, de puerta a puerta. Y lo mismo para volver. Qué desperdicio de vida.

Es una pena que teniendo una capital y alrededores tan bien equipados de comercios, lugares de ocio, culturales, educativos, deportivos, espacios verdes, etc., haya que emplear tanto tiempo en ir a trabajar, que es a diario.

Menos mal que dispongo de musicoterapia on the way.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Musicoterapia on the way

Tras superar la tozuda adherencia de mis párpados, valiéndose de un escozor contundente que provoca el cierre automático de mis ojos, me desarropo y pongo los pies en la suave alfombra, aún aturdida por el sonido penetrante y eficaz del despertador. Este estado aún me acompañará durante unos minutos, e iré incorporándome paulatinamente a la vida real; la del agua fría en el rostro, que me despereza del todo y la del desayuno amable de mi compañero de vida. Una rápida decisión de vestuario cómodo, que no oprima mi cuerpo estático durante diez horas; un poco de salud de bote en mis mejillas y directa al paseo matutino perruno.
El paseo matutino perruno consiste en deambular de un punto A al mismo punto A dando un rodeo más o menos informe con parada en todos y cada uno de los árboles y arbustos que el can al que dirijo encuentra a su paso. A continuación, el susodicho procede a olfatear, fisgar, marcar y tapar –esto último con mayor o menor éxito– los puntos que decide según indescifrables criterios.

Este reconfortante paseo termina de poner la mente en orden y prepararla para la jornada. Pero aún hay algo que ni la cafeína, ni el agua fría ni el paseo han conseguido: llenarme de energía. Me han despertado y despejado, pero necesito algo más.

Así, con los brazos cargados por el bolso, el abrigo y las tarteras para el almuerzo, me dirijo al coche. Ay, el coche, esa yema de huevo con ruedas propulsada por un motor de explosión sin la cual llegar a una oficina sin metro ni red de cercanías, con una línea de autobús que tarda 30 minutos en recorrer 4 km y otra que cuya parada está a 20 minutos a pie con travesía de una autovía incluida, sería toda una proeza diaria.

El sonido casi metálico de la llave en la ranura del contacto y el tacto del volante, instalada en el asiento, configuran la antesala de esa breve rutina motorizada que cautiva y aísla. El devenir de las curvas agarrada al asfalto, el horizonte lejano al frente y de fondo ella, indiscutible, invencible. Acordes, instrumentos, voces e historias conviven en canciones que se suceden para revitalizarme, ensalzarme el ánimo y emocionarme. Mi frágil voz tararea, una por una, las canciones que de manera aleatoria hoy invaden el cubículo; la declaración de intenciones de Highway to Hell por AC/DC, el agudo imposible de Iron Maiden en The Trooper, la ronquera perfecta de Janis Joplin en Down On Me, el coqueteo country en Maggie's Farm por Bob Dylan y en el último tramo, para terminar de transformarme, Killing in the Name de Rage Against the Machine.

Lo he conseguido. Positiva, enérgica y activa, en ese estado llego cada mañana a la penitenciaría de ideas. Y todo gracias a ella. Somos inseparables.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Te detesto

Esta larga jornada de otoño casi invernal me desdibuja la mente, la pisotea y abotarga, sin permitirme siquiera la bendición de una libranza y llevándose por delante todo atisbo de tarde soleada.

Atiende: A mí no me trates así. Llévate tus largas noches y no vuelvas a pisar este sitio.